dijous, 2 de febrer de 2012

La guerra del fútbol

En junio de 1969 Honduras y El Salvador, dos pequeños países centroamericanos, se disputaban la última plaza para el Mundial de México 70. Aquel mundial que posteriormente encumbraría a una de las mejores selecciones de la historia, liderada por Pelé.


Pero mucho antes de que las diferentes selecciones se desplazaran al país azteca, Honduras y El Salvador debían dirimir quién de los dos iría al gran acontecimiento. Hasta la fecha ninguno de los dos países había estado nunca en una fase final de un Mundial. La clasificación se decidía mediante dos partidos, uno en cada feudo.

El primero de ellos se jugó el domingo 8 de junio de 1969, en la capital de Honduras, Tegucigalpa. El resultado final fue de 1-0, y nadie en el mundo prestó atención a este alejado lugar del mundo. Una semana después, se jugaba la vuelta en San Salvador, capital de El Salvador. Los locales ganaron 3-0 logrando el pasaporte para México. Pero al acabar el partido, el campo sufrió una invasión y luego hubo escenas de gran violencia, con agresiones a los hinchas hondureños y a los propios jugadores, que tuvieron que ser rescatados en carros blindados y llevados directamente del campo al aeropuerto. Muchos hinchas corrieron hasta la extenuación camino de la frontera, algunos ni llegaron, intentando huir de las piedras y patadas salvadoreñas. Al poco, la frontera entre los dos países quedaba cerrada y se instauraba una situación de guerra.

Ayer, miércoles 1 de febrero de 2012, 43 años después de la conocida como Guerra del fútbol entre El Salvador y Honduras, la televisión volvió a mostrarnos unas imágenes similares. Mientras en España disfrutábamos de un espectacular Valencia – Barça, en Egipto y de forma inexplicable, los aficionados locales del Al Masri tras derrotar 3-1 a uno de los grandes equipos del país, el Al Ahli, hicieron una invasión de campo que acabó con grandes disturbios y decenas de muertos. Los aficionados locales saltaron al campo a linchar a los jugadores rivales, y muchos de ellos lo hicieron armados de cuchillos, palos y otras armas. La reyerta acabó, de momento, con 73 muertos y centenares de heridos. Casualmente, ayer, se celebraba el primer aniversario del inicio de la revolución de la plaza Tahrir. De hecho, los Hermanos Musulmanes, grupo que gobierna en Egipto tras las últimas elecciones, rápidamente acusó a seguidores del caído Mubarak de estar detrás de los  incidentes.

Pero volvamos a la bautizada como guerra del fútbol, por el periodista polaco, Ryszard Kapuscinski (uno de los mejores cronistas de los conflictos de la segunda mitad del siglo XX. Imprescindible su obra Ébano). En su libro La Guerra del fútbol y otros reportajes, publicado por Anagrama en 1992, Kapuscinski, explica como fue este conflicto e intenta investigar en sus orígenes. Es un texto breve de apenas 30 páginas que he releído para escribir esto. He seleccionado algunos pasajes, que nos permiten evocar que es lo que sucedió entre Honduras y El Salvador, para que se desencadenara una guerra durante unos partidos de fútbol.

Honduras es un pequeño país de 112.500 kilómetros cuadrados (aproximadamente 4 Cataluñas), pero menor aún es el Salvador, con apenas 21.000 kilómetros cuadrados. Eso provoca que el país salvadoreño tenga una de las mayores densidades de población de América. Esto es especialmente grave, en un país donde la agricultura juega un papel relevante. Kapuscinski lo explica así: “La gente se agolpa en un espacio tremendamente reducido, máxime cuando la inmensa mayoría de la tierra está en manos de catorce poderoso clanes de terratenientes. Incluso se dice que <>”. Así pues “Los campesinos de El Salvador se establecían en Honduras, fundaban sus aldeas y llevaban una vida algo mejor que la que dejaban atrás. Su número alcanzó unos trescientos mil.” Pasado un tiempo “El gobierno (hondureño) pretendía entregar a los campesinos hondureños las tierras ocupadas por los campesinos de El Salvador. Eso significa que trescientos mil emigrantes salvadoreños debían regresar a su país, donde no tenían nada. A su vez, el también oligárquico gobierno de El Salvador se negó a recibirlos, llevado del temor de una revuelta campesina.” Y en medio de esta tensión entre países, con problemas de ocupación de las tierras, y con trescientas mil personas de un lado al otro de la frontera, se enfrentaron en la eliminatoria de fútbol.

Así pues: “El fútbol ayudó a enardecer aún más los ánimos de chovinismo y de histeria seudopatríotica, tan necesarios para desencadenar la guerra y fortalecer así el poder de las oligarquías en los dos países”.

El conflicto acabó con las siguientes conclusiones:

La guerra terminó en un impasse. La frontera se mantuvo intacta. Es una frontera trazada a ojo en medio de la selva, en un terreno montañoso que reclaman ambos países.

>>Parte de los emigrantes regresaron a El Salvador, mientras que otros siguen viviendo en Honduras.

>>Los dos gobiernos estaban satisfechos de la guerra, porque durante varios días Honduras y El Salvador habían ocupado las primeras planas de la prensa mundial y habían atraído el interés de la opinión pública internacional. Los pequeños países del Tercer Mundo tienen la posibilidad de despertar un vivo interés sólo cuando se deciden a derramar sangre. Es una triste verdad, pero así es.”

Finalmente “la guerra del futbol duró cien horas. El balance: seis mil muertos, veinte mil heridos. Alrededor de cincuenta mil personas perdieron sus casas y sus tierras. Muchas aldeas fueron arrasadas.”



Así pues, cuando pasen unos días, y las terribles imágenes vistas ayer en Egipto se queden en el olvido, quizás algún analista vea, que lo que ayer sucedió sólo fue una reacción al convulso año vivido en Egipto. Nada que ver con el fútbol. El fútbol muchas veces, demasiadas por desgracia, se convierte en la herramienta para desahogar pasiones y en ocasiones estás pasiones conducen a brotes de violencia o incluso de salvajismo como lo visto ayer y tantas otras veces, a mayor o menor escala.